martes, 9 de abril de 2013


SILENCIO Y VIOLENCIA, esfuerzos por domesticar el instinto.

Hay cosas que no se dicen, de las que no se puede hablar, pareciera ser que el sólo pensar en ciertos temas nos hiciera parte de un universo oscuro y prohibido; no se habla del cuerpo, ni de las ganas, ni de la menstruación, no se dice vagina ni clítoris, prohibido nombrar el orgasmo, tampoco se habla de masturbación. Preferiblemente tampoco hablar de nuestras emociones, ni de lo que nos pasa, es demasiada información, qué van a decir los demás, qué van a pensar, que soy demasiado “emocional” como si fuera un defecto ser poco objetivas, o ser objetivas y algo más.

Existe todo ese universo de cosas sin nombrar, para la que no alcanzan las palabras siquiera, un mundo apenas intuido, de sensaciones, visiones, ensueños, un reino misterioso y oscuro como el fondo del mar. Eso es precisamente lo que asusta, incluso a nosotras mismas que a lo largo del tiempo nos hemos ido olvidando cómo traducir lo que llevamos dentro, asusta lo desconocido, lo que no se puede poner en palabras y que a falta de medios de expresión se va tornando sombrío. 



Y es que para llegar a este punto hay todo un proceso de domesticación de por medio, no sólo a través de la historia, porque desde niñas se nos enseña a ser “correctas” y también se nos recalca el costo de no serlo; hay que sentarse de una manera, sonreir, usar las palabras apropiadas, ser condescendiente, “amorosas”, vestirnos “decentemente”, no llamar demasiado la ateción ni ser demasiado inteligentes, a no enrrollarnos. Es como si la cultura deseara producir en serie cosas lindas e inofensivas, una especie de souvenir de la naturaleza, ya no más representantes de la tierra ni hembras de la especie humana, sólo adornos funcionales, una suerte de muñeca inflable, silenciosa, turgente, depilada, sin problemas intestinales ni demandas emocionales, ¿les suena la imagen? PROBABLEMENTE SÍ, pero nada más ajeno a lo que significa ser mujer. No somos caricaturas.

Y ni hablar de los estereotipos reinantes en la cultura_loca, histérica, premenstrual, puta, santa, madre, etc._ la lista es larga, y quizás el más nocivo, el que genera más daño, el que nos ha ganado el nombre de víboras, cahuineras, peladoras, traicioneras; es ésta quizás la peor herida de nuestro género porque nos divide, nos lleva competir y a protegernos las unas de las otras, a pelear por un hombre, a sentir envidia, a traicionarnos. Es la trampa más fértil del patriarcado, la que desarma las redes, porque unidas ni te cuento cómo cambiaríamos el mundo. 

Si pudieran entender que cada vez que invalidan nuestra expresión hay una sutil y no tan sutil violencia, que cada vez que nos instan a pensar que es mejor reprimir la emoción nos están amordazando, nos vamos acumulando, el agua deja de fluir, nos intoxicamos sólo porque ellos no saben dialogar en esos términos.  Y los moldes no son naturales, nos obligan a elegir entre ser un montón de fragmentos en lugar de ser UNA y ser todas, a temer nuestra hondura y multiplicidad, a encasillarnos porque de otro modo pareciese que no podemos encajar. 



Es sólo cosa de pensar que existen productos para menstruar cada 3 meses, para “liberarnos” de la molestia menstrual y de las emociones, sin reparar en lo necesario de dejarnos fluir cada ciclo, productos que nos posibilitan desconectarnos del “malestar” como si el malestar fuera algo externo a nosotras mismas, como si en esos días no hiciera otra cosa más que asomarse. Y en lugar de escuchar ese mensaje interior se nos propone silenciarlo, al igual que muchas de nuestras emociones, que de tan emocionales no calzan con lo que se espera sea funcional, operativo, normal, pero qué es ser normal ¿es acaso violentar nuestra propia naturaleza?, ¿es guardarnos todo y ganarnos un cáncer en un par de años más?, ¿es resentirnos por dentro y poner cara de nada por fuera?, ¿es fingir que nada pasa, de un día a otro, de un instante a otro? Negarnos al cambio es morirnos en vida, es dejar afuera todo lo nuevo, todo lo fresco.


Somos las hembras de nuestra especie y como tales somos naturaleza. La hembra de cualquier especie brilla por derecho propio, es un carnaval de colores, de alegría, de vida,   camina con paso firme, se acicala, no hace ningún esfuerzo por llamar la atención es magnética, tiene plumas, pelaje, una mirada intensa, ya sea a través de un canto sutil o un aullido potente sabe atraer hacia sí lo que le sirve, lo mejor, despliega su ser y su energía se renueva. No podemos vivir amordazadas, tratando de encajar, enfundadas en blanco y negro, rigiendo por pautas preestablecidas en lugar de escuchar nuestro instinto, ya basta de mujeres opacas, sin brillo, de niñas acomplejadas con sus caderas, sus pechos, sus ideas, sus necesidades, sus deseos. 

No confundir “amorosidad” con “complacer”, no confundir “decencia” con “represión”, tampoco “hilar fino” con ser “enrrolladas”, “hablar desde lo que siento” con “faltar el respecto”. Son precisamente esas burdas simplificaciones las que van dañando nuestra expresión y empobreciendo nuestras relaciones, porque dejamos de intentarlo, dejamos de abrir espacios, nos condicionamos, nos vamos amoldando y todo lo demás se nos echa a perder adentro. 

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