miércoles, 27 de octubre de 2010

Buscando a mi hombre

El tema surgió de un mal entendido, recuerdo que le escribí un mail de despedida a mi ex novio, amante... lo que sea, y mi mensaje remataba diciendo que en realidad, pese a todo, yo estaba decidida a ponerle corazón a la vida y seguir buscando a mi hombre.., no hubo respuestas, pero a los días me lo encontré y parecía algo molesto.

Entre las pocas palabras que intercambiamos, pude descifrar que eso de seguir buscando a mi hombre no le había hecho mucha gracia, y peor aún, se las había ingeniado para dar vuelta la situación y quedar él como una pobre víctima de mi inestabilidad emocional y eterna insatisfacción. O sea!!! Ya no era yo la engañada y abandonada por otra, sino la mala mujer que ya tenía listo al reemplazante y que se quejaba de puro llena.

Ahora bien, si la cosa hubiese sido así creo que no tendría reparos y me sentiría bastante mejor d el oque hoy por hoy me siento, digo lo del abandono fue cierto y cuando pronuncié la frase aquella no me refería a darle curso  a mi siguiente conquista sino a incorporar la energía masculina desde mi, a dejar de buscarla afuera lo que siempre fue y es tan mal negocio. Claro está que yo no iba a entrar a explicarle eso de buscar en mi y no afuera, porque no venía al caso y dudo que entendiera. 

El asunto es que a mi sí me quedó dando vueltas el tema, porque mi estoica frase, tergiversada y todo supone una enorme verdad: y es que cuando no estamos conscientes de que la energía masculina no es algo privativo de los hombres, la búsqueda sí se limita a ellos. Y es que en lo personal, me demoré harto tiempo, digamos 27 años en comprender que todo lo que necesito está dentro de mí, antes de eso, iba por la vida con una sensación de carencia, de incomplitud, obviamente muy disimulada tras mi personaje de mujer autosuficiente. Y no es que por aquel entonces yo no tuviera un lado masculino, que sí lo tenía aunque era muy rudimentario, me refiero a que era la interiorización la había hecho a partir de modelos culturales muy lejanos, tan lejanos que parecían una caricatura, entonces era yo muy agresiva, muy competitiva y racional, como una forma de validarme en el mundo creo; me construí un personaje rudo, desenfadado, confrontacional, de una prepotencia intelectual que daba escalofríos y ni hablar de cómo desde ahí me relacionaba con mi ser femenino, porque creo que ni siquiera reparaba gran cosa en que yo después de todo (ojo, después de todo) era mujer.  

Yo siempre he dicho que a los hombres recién los vine a descubrir cuando empezaron a gustarme, por ahí por los 13, 14 años, y representaban un enorme misterio. Antes, no recuerdo que fueran tema, no tuve padre ni hermanos ni tíos ni abuelo ni vecinos creo, y el único familiar con el que tuve un vínculo a afectivo era gay, y a eso no ayudó mucho mi educación de señoritas rodeada de puras niñas, monjas y profesoras siúticas. Sin embargo, la ausencia de hombres no implicó que aprendiera a ser mujer, porque en esa burbuja de señoritas, que también parecían sacadas de una caricatura, tampoco había nada que me guiara, al contrario todo me repelía y por aquel entonces yo estaba sorda a la intuición. 

La cosa es que a los hombres los incorporé como objetos de deseo, y digo objetos, porque nunca me di el trabajo de considerarlos como personas, hubiese sido algo demasiado personal y yo no podía perder el tiempo con sentimentalismos de mujer, en el fondo lo que me asustaba era la cercanía, yo no sabía que la receptividad era algo femenino, y que mientras más renegara de mi género más lejos estaba de un encuentro verdadero con el otro.  Y en mi delirio no sólo los hice objeto de mi deseo, sino también de mis miedos, mis carencias, mis trancas, de mis manías, de mi rabia, de mi odio incluso, pero todo eso sin llegar a conocerlos en verdad, eran sólo superficies sobre las cuales yo me miraba en juego bien macabro ahora que lo pienso, porque replicaban el dolor, la soledad, el desamor una y otra vez.


Así me la pasé unos 10 años, quizás más, hasta que vino el momento de la verdad, me enamoré, bajé la guardia y contra todas las reglas que decían expresamente "NO ENAMORARSE", me enamoré y por fin supe lo que era querer a otra persona más allá de mí misma, o sea, partía mí todo, pero no terminaba en mí. Está demás decir que me cagué de susto, uff!!! de pronto sentir tanto, después de vivir anestesiada, y para  colmo las circunstancias que  no eran las óptimas, porque mis relaciones si tenían un sello común, era el drama.


Lo maravilloso fue el sentimiento, y es que yo no me sabía capaz de experimentar cosas tan bonitas, lo más parecido al amor que había vivido era la amistad y cruzada por hartas pataletas de mi ego, robándome la bendición, pero lo que yo sentía no tenía nada de egoísta, de hecho supe que estaba enamorada porque ya no pensaba solo en mi, y eso de incorporar al otro me resultaba nuevo y aterrador; hablarle de lo que estaba sintiendo y finalmente dejarlo ir fue toda una prueba, más que de amor, de integridad, me tocaba sí o sí respetar el proceso que de ninguna manera iba a caminar en ese sórdido escenario.


La decisión de estar sola fue en verdad una decisión, a solas conmigo misma, y no es que mis niños, hicieran verdadera compañía, sólo me distraían de pensar en mí, en lo perdida que andaba yo por la vida. Hasta que me encontré y los cuestionamientos identitarios ya tan habituales se reforzaron:  de dónde vengo, a dónde voy; mis amigos se burlan de mi diciendo que soy la mujer existencial, y sí un poco, es que eso de pensarme es un rollo, sólo que esta vez le agregué sentirme. 


Fue por aquel entonces que empecé a cuestionarme mis relaciones, y un día a mitad de una lectura de tarot que un amigo hacía para mí, descubrimos que yo no sabía cómo relacionarme, no tenía la más mínima noción, las cartas decían que nunca me había sentido querida y que eso de algún modo me desvinculaba de la realidad, me dejaba absorta en mi mundo mental, con estos lazos y seres imaginarios que yo proyectaba por doquier. Yo me sentí bastante identificado, pero él con lo amoroso que es  pensó que la cosa no podía quedar así  y aprovechando que además de ser intérprete era mi amigo, me anduvo terapiando.


En estos caso es requisito volver a las raíces, al hogar de origen, padre, madre, niñez; me da un poco de lata a estas alturas volver allá, porque ya me sé el camino de memoria, sin embargo, me continúa llevando por caminos insospechados, y esa vez no fue la excepción. El Roco, que así se llama mi amigo, me volvió a tirar las cartas para ver qué onda mis bases emocionales y yo trataba de guiar la lectura pensando en lo que sabía, pero no cuadraba la información y eso nos llevó a indagar más y más, para terminar viendo que todo mi sufrimiento por el supuesto abandono paterno y de ahí las derivadas dificultades para relacionarme con los hombres de una manera real, no tenían fundamento, porque según las cartas mi madre ni siquiera se había dado el trabajo de contarle sobre mi nacimiento. 


Yo quedé en schok, no podía creer lo que oía, me descompaginaba entera, porque del abandono deliberado y maldito, pasaba al desconocimiento, que en su peor grado podía ser inconsciencia. Y mi mamá!!!, mi mamá, mi santa madre, tan abnegada ella, que había sacrificado todo por mí, como le gustaba decir


Me sentí tentada a creer que Rodrigo por primera vez se equivocaba, dolía menos así, sin embargo, los días que vinieron no pude dejar de pensar,   mi vida se volvió un infierno de dudas, de fantasmas desordenados y yo sin saber a quién preguntarle por la verdad, porque todo eso resultó ser verdad, pero me demoré un buen rato en saberlo. A partir de ese momento el tema volteó mi mirada hacia lo femenino; no recuerdo que nada me haya dolido más que descubrir esa mentira, fue como si los lazos que me unían a la realidad se hubiesen cortado de golpe y yo a la deriva no hacía más que sufrir, en ese tiempo no veía la oportunidad de reescribir mi historia ni de sanar la relación con mi mamá, que ni siquiera era un tema para mí, recién años después puedo ver que esa herida venía de mucho antes de descorrer el velo, porque ahí todo estaba lastimado y todo era, al igual que mis otras relaciones, falso. 



Recuerdo que esa situación fue la que me llevó a los círculos de mujeres por primera vez; me habían invitado en mil ocasiones y siempre encontraba la excusa perfecta para no ir , sin embargo ,ese día no tenía fuerza para argumentar, me estaba muriendo. Y llegue al cerro, llena de prejuicios, porque me dio en esos días por odiar aún más a las mujeres, y sin reparar en la contradicción que representaba estar allí, me refiero a me sentía profundamente herida por una mujer, y no cualquier mujer, sino la fundamental, la más amada e iba donde un grupo de desconocidas a buscar alivio. 

Poco duraron mis razonamientos, porque apenas llegó mi turno de presentarme, y teniendo ya el discurso preciso en la punta de la lengua,  me pusé a  llorar y alcancé a balbusear lo enojada que estaba con mi madre, después todo fue como mirarme al espejo, con cada una se repetía algo de mi historia, de mi sentir, la bendita sincronía por fin me hacía sentido. 

Entonces partieron estos años bellos de reconocerme como mujer, de sanar mi alma , cuerpo, mi corazón de mujer, mi ser de niña, de ver con otros ojos mi propia maternidad, de ver hacia atrás y entender que los errores no eran contra mí, eran el resultado de siglos de desamor, soledad  y abuso, que las mujeres de mi linaje iban replicando.  Así me supe viva, y abundante, me supe sabia, supe que no podía seguir huyendo de mi, de la sangre en mis venas, de mi historia, de mis honduras emocionales, de mis heridas, ya no me podía seguir escondiendo detrás de mi disfraz de hombre rudo, porque yo no era un hombre. 

Y me acerqué al modo de consciencia femenino, a la tierra, a la luna, a mi útero, a mis ciclos, ese es el camino que elegí recorrer, sin embargo, a veces siento que ya es tiempo de incorporar lo masculino nuevamente, desde el entendimiento que tengo ahora que si bien resulta un tanto abstracto, es harto más armónico que mi visión anterior. 


Cuándo me pregunto por qué razón elegí nacer sin un padre presente, más que para el acto de concepción, pienso que durante mucho tiempo no tuve respuestas, hasta que empecé a registrar las experiencias de mujeres con un exceso de padre, más allá de los meros referentes culturales, porque si bien crecí lamentándome de la ausencia de un proveeedor, que diera estabilidad a mi familia, que pusiera la cara por mí y me protegiera, me dí cuenta que en primer lugar, tener un padre no significa todo lo anterior, pues el título de paternidad no garantizaba nada, y más aún, había padres que no sól oquerían brindar seguridad y cariño, sino además querían controlar todo, tener la razón. imponer su visión de mundo, 

Así en perspectiva, ese vacío con el que crecí, que hoy por hoy prefiero llamar espacio potencial, es susceptible de ser llenado con la visión que yo elija del universo masculino, y no fue formateada desde un comienzo con una imagen de pretendida autoridad. No sé si será un acomodo de mi mente que tiende a buscar el lado amable de las cosas,  que por lo demás me gusta harto, pero pienso en el alivio de no cargar con un credo, una ideología, una moral paterna, y en el desgaste  de energía que en el mejor de los casos hubiese significado oponerme a un padre, y me hace harto sentido mi elección. 

En la medida que voy recordando me doy cuenta de qué si tuve una suerte de referente masculino, si bien no recuerdo haber comulgado con la fe cristiana en ninguna de sus variantes, al menos no una forma voluntaria, digamos que el internado de monjas y la asistencia dominical al Templo evangélico nunca fueron de mi gusto, me gustaba un poco ese dios del que hablaban, o sea, como que le tomé cariño y a veces hasta le hablaba, le formulaba quejas, preguntas, improperios ... y sin creer realmente en su existencia como me la habían pintado, omnipotente y castigadora, si me nacía remitirle ciertos asuntos personales como una suerte de interlocutor imaginario, entonces yo pensaba qué me diría dios en el remoto caso que existiera, y dios me decía: relájate, confía, todo va a estar bien, y en el fondo era yo quien hablaba, digo era mi voz proyectada en ese personaje, sólo que yo no me sentía ni tan sabia ni segura ni tan protegida. 

Hace poco visité una iglesia con motivo de un concierto de cámara, y mientras permanecía allí me sorprendí pegada mirando a un Cristo que colgaba sanguinolento del techo, con la cruz sujeta a unas cadenas. Ahora que recuerdo para mi ese tal Jesús, como le dice mi hija, era una especie de hermano mayor con el que también conversaba de vez en cuando, tal vez suene un poco esquizofrénico pero es todo lo contrario, si  no hubiese sostenido ese diálogo interno, probablemente me hubiese vuelto loca. Yo le decía cosas, como por qué a mí y luego rectificaba pensando que el pobre estaba harto más jodido que yo y aún así se entregaba. 

Creo que la razón básica por la que siempre desconfié del cristianismo es por eso del sacrificio, nada que decir sobre la conciencia crística que es puro amor, pero el sufrimiento, si bien  me he urgado las heridas durante años, en verdad no me agrada. 

Después de mi rodeo autobiográfico y volviendo a los temas más actuales, retomo eso de buscar a mi hombre; pienso a búsqueda del padre ya no me motiva, desde que supe que no me abandonó sino que mi madre no le dijo nunca que yo iba a nacer, me reconcilié bastante con su figura, y aunque no es llegar y cambiar el switch, he visto enormes progresos en mi desde entonces. 

Me pregunto dónde está mi aire,  la claridad, el verbo; dónde está mi fuego, mi motor, mi entusiasmo. Algo pasó, bueno sí, todo pasó y ahora me toca rearmarme, mal negocio buscar afuera si yo lo tengo todo dentro de mí. El asunto es que no sé por dónde partir, apuesto mientras tanto a seguir viviendo y reconociendo nuevas áreas de mi ser e integrarlas. 


Si me preguntaran qué es lo que quiero hoy, como hizo hasta el cansancio mi ex, hombre muy asegurado, les diría lo mismo que a él, que estoy viviendo, que me estoy buscando, que recién me estoy comenzando a reconocer en esta faceta de mujer libre y asumidamente mujer, que es loco vivir sin miedo, que hasta mi cuerpo se siente distinto (al parecer que las respuestas pasaran todas por mí, no le hizo mucha gracia). Tal vez hoy agregaría que quiero intentarlo, que quiero aprender a quedarme,  a ser con otro. 


Tuve una pequeña crisis hace poco, pensando que eso de ser pareja no era lo mío, que en realidad, yo era más bien itinerante, convencida por la fuerza de la costumbre de mis vagabundeos previos, de los que no reniego, pero estoy cansada, creo que avanzar en una pura dirección supone un estancamiento. Ya no tengo razones para seguir huyendo, es más: NO QUIERO SEGUIR HUYENDO. 


Y aún así mi frase sigue siendo metafórica, el asunto es cómo  reconocer ese lado masculino sano en mi, para empezar a resonar en esa frecuencia y dejar de atraer pasteles, como dice una hermana: llega el día en que decides cerrar la pastelería y dedicarte a otros oficios. Pues bien, yo me declaro encontradora de mi hombre, aunque ese hombre no entienda ni jota lo que digo, porque está claro que si mi ex no pudo entenderlo, así como tampoco entendería que la energía femenina bajo ningún término es algo privativo de las mujeres, y vaya si le falta receptividad.

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